Momentos JuanBimbaSite: Día electoral

Me fui a dormir esa noche muy pensativo y calculador. Minutos antes estuve discutiendo con mi familia y algunos amigos sobre las elecciones que se efectuarían al día siguiente. La política en esa década venezolana sería solo una transición, pero todos intentábamos descifrar resultados argumentando con hechos, visiones y nuestra mínima dosis versada de verdad. Tener razón es una modalidad que se capitalizó con la política. Lo cierto es que me acosté mentalmente agotado.

El silencio, la oscuridad y el frío de la noche, se vio interrumpido por el sonido desaforado, perturbador y atorrante de una Diana. Como si se tratase de una escuela militar o un cuartel. Inmediatamente, el silencio nocturno es quebrantado y a continuación se sienten las pisadas, las voces, los bajantes de sanitarios, algunas duchas y alguna que otra licuadora. Intenté no perder el sueño. Y mientras intentaba seguir dormido me llegó el olor a café recién hecho, luego el olor a arepa y entre una cosa y otra decidí prender el televisor. Estaba todavía oscuro. Revisé la hora, el reloj anunciaba las 4:45am. Con el volumen casi silenciado y pasando canales de forma ascendente, buscando no sé qué, tomé mi celular buscando algún mensaje. Fastidiado apagué el TV, me puse una franela, y salí de mi habitación. Toda mi familia estaba en pijama, algunos con tazas de café humeantes en sus manos, otros con las cobijas como ruanas, todos sus cuerpos alumbrados por la luz emitida por el televisor que trasmitía una emisión especial por las elecciones, mi madre en la cocina enfocada en el budare.

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A eso de las 6:30am, mi padre y mi madre -debo admitir un poco nerviosos- emprenden su caminata a su centro electoral que estaba a escasas 5 cuadras. Mis hermanos, sin edad para votar, se quedaron sentados, desayunando y con control remoto en mano buscaban un canal que estuvieran transmitiendo dibujos animados. Era obvio que no les importaba lo que estaba en juego, pero por su edad tampoco tenía que importarles. Luego de unos minutos emprendí mi caminata a mi centro electoral, que coincidía con el de mis padres, pero había decidido ir solo. Era mi primera elección. En mi existía una inexplicable sensación. No entendía qué sentimiento me invadía.

Llegué a las inmediaciones del centro electoral, y me di cuenta de la cantidad de gente que estaban en las colas. Colas divididas por mesa. Fui directo a la puerta del centro, había en la pared unos listados con muchos números y nombres. Me encontré rápidamente, con lo que no estorbé a las otras personas que buscaban lo mismo que yo, saber mi mesa electoral. Me dediqué a ubicarme en mi puesto de la cola. Casi no hablé. Corrió con fluidez, llegué a la puerta del centro (de nuevo) y me recibió un soldado, me pidió identificación, le mostré mi cédula, me hizo pasar. Llegué a otra corta cola, donde verificaban mis datos, me hicieron seguir donde llegué a otra cola de personas que esperaban entrar en la herradura (circuito de votación). En mi ensimismamiento no lograba pensar en nada. Solo estaba concentrado en no equivocarme, en dejar los nervios a un lado y en observar cada paso del evento. Me tocó el turno y fui por pocos segundos el protagonista del evento, entre firmas, tintas, botones y papeles, metí ese pequeño papel doblado en una caja. Se había acabado el proceso, la espera y el nervio.

Me fui a casa. Estaban mis padres y hermanos sentados frente al televisor. Transmitían desde varias ciudades del país lo que ocurría en los centros electorales. Apenas entré, me preguntaron cómo me había ido, si había sido fácil y no recuerdo de qué otra cosa hablamos. Eran las 9am. La espera fue larga y tediosa. Entre discusiones políticas, alegrías, entusiasmo, tristeza y euforia que eran alimentadas por conversaciones y por entrevistas a personeros en los canales que daban cobertura -casi total- del evento, llegaron las 2am. No había pronunciamiento del ente protagonista de ofrecer la expresión popular. Entre bostezos, silencios y aburrimiento a las 3am ofrecieron los resultados irreversibles. Nos fuimos a dormir. Mañana era otro día.

Me levanté esa mañana, sin el sonido de la Diana Militar. Los mismos ruidos y olores de los vecinos en sus menesteres de higiene y preparación para sus jornadas diarias. Me incorporé a ese despertar. Salí a la calle camino a mi trabajo y entre cuchicheos, el @Juan_bimba caminando como zombie y las noticias de radio en la camionetica, caí de nuevo en esa sensación indescriptible, el ensimismamiento de no saber qué pasaba, qué ocurría, a qué pertenecía. Estaba tan desconcertado, sin claridad, igual o peor que el día anterior.

“Cuando el río suena, es porque piedras trae”

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